Resumen sobre el libro Aprender a aprender – Benedict Carey.

Cómo aprender de forma más fácil todo lo que tengamos que estudiar. Cómo estudiar de forma más fácil y rápida.

Los científicos han descubierto que trabajamos mejor cuando alteramos constantemente nuestras rutinas de estudio y sustituimos el «espacio dedicado» por diversas localizaciones. En otras palabras, apegarse a un ritual cognoscitivo nos ralentiza.

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En 1885 publicó sus resultados en La memoria: una contribución a la psicología experimental, donde describía una manera sencilla de calcular el porcentaje olvidado después de una sesión de estudio.

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Cuanto más tengamos que esforzarnos por recuperar un recuerdo, mayor será el clímax de nuestra capacidad para recuperar y almacenar (aprender) posteriormente.

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Disponer de algo que defina el entorno de estudio, como la música, es mejor que nada (¡qué descrédito para la santidad del lugar de estudio silencioso!).

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Esa «clave de recuperación» viene a la mente con mayor facilidad cuando el cerebro está en el mismo estado, colocado o sobrio.

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Intensa mejora del recuerdo debida a la variación del contexto ambiental.

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La definición de «contexto», ya de entrada, es un blanco móvil. Si incluye el estado de ánimo, el movimiento y la música de fondo, por extensión podría significar cualquier cambio en la manera en que abordamos el estudio de nuestras listas de vocabulario, capítulos de historia o deberes de español. Piense en ello. Escribir notas a mano es un tipo de actividad; teclearlas en un teclado es otra diferente. Lo mismo se aplica a estudiar de pie en vez de sentado, o corriendo en una cinta continua.

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Cuando repasen el material para un examen, no dependan exclusivamente de sus apuntes. «Les digo que dejen a un lado sus apuntes, que creen una estructura totalmente nueva, reorganizando el material», me dijo. «Esto te obliga a pensar de nuevo en el material, y de una forma distinta.»

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No es muy importante qué aspectos del entorno modifique, con tal de que siempre varíe lo que pueda.

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Cada alteración de la rutina enriquece más la habilidad que se practica, haciendo que sea más intensa y más accesible durante un periodo de tiempo más dilatado. Este tipo de experimento refuerza por sí mismo el aprendizaje, y hace que lo que usted sabe cada vez sea más independiente de su entorno.

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Cuando distribuimos (o «espaciamos») nuestro tiempo de estudio, las personas aprendemos como mínimo lo mismo, y lo retenemos en la memoria mucho más tiempo que cuando lo condensamos en poco tiempo.

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El aprendizaje distribuido, en muchas ocasiones, puede duplicar la cantidad de cosas que recordamos luego.

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Estudiar un concepto nuevo justo después de haberlo hecho no afirma apenas o nada la memoria; estudiarlo una hora más tarde, o al día siguiente, sí lo hace.

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Para adquirir y retener vocabulario extranjero, definiciones científicas u otras informaciones factuales, es mejor repasar el material uno o dos días después del estudio inicial; luego, una semana después, y luego un mes más tarde.

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Aún se sigue debatiendo por qué las sesiones de estudio espaciadas tienen un impacto más fuerte sobre el aprendizaje.

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Es posible que los intervalos muy breves (segundos o minutos, como en los primeros estudios) indujeran al cerebro a interesarse progresivamente menos en un dato cuando se repite múltiples veces en rápida sucesión. Acaba de escuchar y almacenar el dato de que James Monroe fue el quinto presidente. Si este mismo dato se repite una segunda y luego una tercera vez, el cerebro le presta una atención paulatinamente menor.

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Cierto grado de olvido permite que la práctica ulterior profundice el aprendizaje, como un músculo que se ejercita.

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«Cuando introduces espacios más largos, olvidas más, pero descubres cuáles son tus puntos débiles y los corriges

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Si el examen es dentro de una semana, y quiere dividir su tiempo de estudio en dos, haga una sesión hoy y otra mañana, o una hoy y otra pasado mañana. Si quiere añadir una tercera, estudie el día antes del examen (menos de una semana después).

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Si falta un mes para el examen, la mejor opción es hoy, dentro de una semana (para dos sesiones); para una tercera sesión, espere otras tres semanas más o menos, o hasta el día anterior al examen. Cuanto más distante esté el examen (es decir, cuanto más tiempo tenga para prepararse), mayor será el intervalo óptimo entre las sesiones una y dos.

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Por comodidad, concedámonos un tiempo total de estudio para ese examen: nueve horas. El calendario óptimo es el siguiente: tres horas el primer día; tres horas el octavo día; tres horas el decimocuarto día, día arriba o día abajo. En cada sesión de estudio repasaremos el mismo material.

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Una vez más, amontonar datos da resultado cuando no hay más tiempo. Lo que pasa es que luego los olvidamos. El espaciado hace que los retengamos.

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La misma materia recurrente en diversos días y contextos distintos, cuando se lee, se recita o se hace referencia a ella una y otra vez, se relaciona con otras cosas y se repasa, se integra bien en la estructura mental».

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Caí en la trampa de lo que los psicólogos llaman efecto de flujo, la creencia de que los datos, fórmulas o argumentos que son fáciles de recordar ahora mismo seguirán siéndolo mañana o pasado mañana.

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«Sabemos que si estudias una cosa dos veces, en sesiones espaciadas, la segunda vez resulta más difícil procesar el material, de modo que la gente piensa que es contraproducente. Pero la verdad es lo contrario: aprendes más, aunque te resulte más arduo. El flujo engaña a la racionalidad».

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Cuanto más fácil resulta traer un dato a la mente, menor es el incremento del aprendizaje. Repetir datos justo después de haberlos estudiado no le aporta nada, no tiene beneficios memorísticos añadidos.

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«Si lee un texto veinte veces no se lo aprenderá de memoria con tanta facilidad como si lo lee diez veces mientras intenta recitarlo de vez en cuando y consulta el texto cuando le falle la memoria».

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Cuando casi nos sabemos la información, vale la pena esperar y recordarla haciendo un esfuerzo desde dentro, en vez de consultar de nuevo el libro. Si recuperamos los datos de la primera manera, seguramente los recordaremos la próxima vez; si lo hacemos de la segunda manera, es muy probable que volvamos a necesitar el libro».

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La forma más rápida de memorizar aquel discurso sobre el día de San Crispín es pasar la tercera parte del tiempo memorizándolo, y los dos tercios restantes recitándolo de memoria.

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Conocemos mejor los hechos o las habilidades porque los recuperamos nosotros mismos, en lugar de meramente repasarlos.

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Cuando recuperamos con éxito un dato, sostiene, lo realmacenamos en la memoria de una forma distinta a como lo hicimos antes. El grado de almacenamiento no sólo ha aumentado: el propio recuerdo tiene conexiones nuevas y diferentes.

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Finja que ya es un experto y ofrezca un resumen, un comentario; finja y actúe. Ésta es la esencia del autoexamen: fingir que es un experto sólo para averiguar qué es lo que ya sabe.

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Cuando leo un ensayo científico difícil, lo dejo después de un par de lecturas e intento explicarle a alguien lo que dice.

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Transmitir a usted mismo o a otros lo que ha aprendido no son sólo un tipo de autoexamen en el sentido convencional, sino un acto de estudio de alto octanaje, entre un 20 y un 30 por ciento más potente que si siguiera sentado observando el esquema. Lo que es mejor aún: esos ejercicios disiparán el espejismo del flujo. Manifestarán lo que usted desconoce, en qué áreas está confuso, qué ha olvidado… y lo harán rápido.

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Los pensadores se habían atascado en un problema concreto y se alejaron de él. No veían una salida; se les habían acabado las ideas. Los progresos cruciales llegaron después de que la persona hubiera abandonado su trabajo y, deliberadamente, optara por no pensar en él. Cada experiencia iluminadora, por así decirlo, parecía incluir una serie de pasos mentales, a los que Wallas llamó «estadios de control».

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Dar un paso atrás y mirar alrededor (viendo si hemos usado toda la información disponible; intentando desprendernos de nuestras hipótesis iniciales y partiendo de cero; hacer un inventario mental) es una metáfora idónea para lo que tenemos que hacer si queremos hallar sentido a la obra reciente sobre la incubación.

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Dividieron las pausas de incubación en tres categorías. Una era relajante, como tumbarse en el sofá escuchando música. Otra era ligeramente activa, como navegar por Internet. La tercera era muy activa, como escribir un relato corto o hacer otro tipo de deberes. Cuando una persona aborde problemas matemáticos o espaciales, como el de los lápices, se beneficiará de cualquiera de estos tres tipos de pausas; parece que da igual el que se elija. Por otro lado, para los problemas lingüísticos, como los puzles R.A.T. o los anagramas, lo que parece ir mejor son las pausas que contengan actividades ligeramente activas, como jugar a un videojuego, hacer un solitario o ver la televisión. Sio y Ormerod descubrieron que los periodos de incubación más largos eran mejores que los cortos, aunque en este mundillo «largo» significa unos veinte minutos, y «corto» unos cinco.

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También enfatizaron que las personas no se benefician de hacer una pausa para la incubación a menos que hayan llegado a un punto muerto.

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A menudo, los saltos creativos se producen durante el periodo de inactividad posterior a un periodo de inmersión en una historia o una materia, y con frecuencia vienen mezclados, no en un orden concreto, y tienen un tamaño y una importancia variables. El salto creativo puede ser una idea grande y organizadora o un paso pequeño e incremental, como encontrar un verso, reformular una línea, quizá cambiar una sola palabra.

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Lo curioso es que las interrupciones en el «peor» momento parecían acrecentar más el recuerdo.

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El hecho de empezar a trabajar en una tarea a menudo le confiere el peso psicológico de una meta, incluso si carece de importancia.

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El segundo dice que si nos interrumpen cuando estamos inmersos en una tarea eso amplía el tiempo que permanece ésta en la memoria y, según esos experimentos, la coloca en lo alto de la lista mental de cosas pendientes.

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Cuando pensamos en una meta, tendemos a pensar en ella como un sueño: restaurar un coche clásico; vivir en el extranjero; iniciar un negocio; escribir una novela; correr una maratón; ser mejor padre; encontrar una relación estable. Sin embargo, para los psicólogos una meta no es tan grandiosa. Una meta es cualquier cosa que deseemos tener o conseguir y que aún no hemos alcanzado, tanto si es a corto como a largo plazo, obtener un doctorado o vestirse.

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Y eso es precisamente lo que queremos hacer si trabajamos en algo exigente y a largo plazo. Por lo tanto, el primer elemento de la percolación es ese supuesto enemigo del aprendizaje: la interrupción.

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Tener una meta en el primer lugar de nuestra mente (en este caso, una bebida), sintoniza nuestras percepciones para alcanzarla.

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¿cuál es la manera más eficaz de activar esa meta? Interrumpir nuestro trabajo sobre ella en un momento importante y difícil, pues así situamos la tarea, por medio del efecto Zeigarnik, en el foco principal de nuestra mente.

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Las entradas del diario proporcionaron el tercer elemento, la reflexión consciente.

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¿Qué significa esto para una estrategia de aprendizaje? Sugiere que debemos empezar a trabajar en los proyectos grandes lo antes posible, y detenernos cuando nos quedemos atascados, con la confianza de que estamos iniciando la percolación, no tirando la toalla.

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Abandonar antes de avanzar no pone el proyecto en hibernación; lo mantiene despierto. Ésta es la fase 1, e inicia la fase 2, el periodo de recoger el sedal, de reunir datos fortuitos. La fase 3 consiste en escuchar lo que pienso sobre todos esos fragmentos que recibo. La percolación depende de los tres elementos, y en el orden señalado.

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En el suministro del agua cultural fluye la creencia en la repetición, manifiesta en todos los manuales y guías para tener éxito, en todas las autobiografías de deportistas y empresarios.

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No practique hasta que lo haga bien. Practique hasta que no pueda hacerlo mal.

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La práctica variada es más eficaz que la concentrada,

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Pero la repetición crea un espejismo poderoso. Las habilidades mejoran rápidamente y luego llegan a una meseta. Por el contrario, la práctica diversa produce un ritmo de mejora en apariencia más lento en cada práctica, pero con el paso del tiempo la acumulación de habilidad y aprendizaje es mayor. A largo plazo, la práctica repetida de una habilidad aminora nuestro ritmo.

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Irse con los libros al aire libre o a una cafetería, fomenta la retención.

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Una cosa está clara: la mezcla de elementos, habilidades o conceptos durante la práctica parece ayudarnos a largo plazo no sólo a apreciar la diferencia entre ellos, sino también a comprenderlos mejor individualmente. Lo más difícil es abandonar nuestra fe fundamental en la repetición.

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El aprendizaje perceptual es activo. Nuestros ojos (u oídos, y los otros sentidos) buscan las pistas correctas. Lo hacen automáticamente, sin necesidad de un refuerzo o una ayuda externas. Por supuesto, hemos de prestar atención, pero no activar o sintonizar el proceso. Se corrige a sí mismo, se sintoniza solo. El sistema se ocupa de encontrar las firmas perceptuales más esenciales y de filtrar el resto. Los jugadores de béisbol ven sólo los borrones de movimiento que son relevantes para juzgar la trayectoria de una pelota, nada más.

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La mayoría de las evidencias demuestra que el sueño mejora la retención y la comprensión de lo que se estudió el día antes,

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Si prepara un examen de matemáticas o de química, un examen que pondrá al límite su capacidad de detectar patrones, es mejor quedarse estudiando hasta tarde y, si es posible, apagar el despertador por la mañana. Que el gallo cante hasta que se quede afónico.

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Las siestas de una duración entre una hora y una hora y media a menudo contienen sueño profundo de ondas lentas y REM.9 Las personas que estudian por la mañana (da igual que sean palabras o juegos de reconocimiento de patrones, retención directa o comprensión de estructuras profundas), rinden un 30 por ciento más en un examen realizado por la tarde si han echado una siesta de una hora que si no lo han hecho.

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Pero en tanto en cuanto suponga apreciar el aprendizaje como un proceso inquieto, poco sistemático, subconsciente y un tanto tortuoso, que sucede en todo momento (no sólo cuando está sentado ante una mesa, con la cara hundida en un libro), entonces es la mejor estrategia que existe.

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Cuantos más entornos haya en los que ensaya, más agudo y duradero será el recuerdo de ese material, y menos vinculado estará a una «zona de comodidad».

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También ayuda cambiar el horario del estudio cotidiano, o su manera de abordar la materia, leyéndola, comentándola con otros, introduciéndola en un ordenador o escribiéndola a mano, recitándola delante de un espejo o estudiando mientras escucha música:

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El capítulo 4 analiza por qué el espaciado del tiempo de estudio es la técnica más poderosa y confiable que conocen los científicos para profundizar y ampliar la memoria.

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El motivo es que el cerebro sólo puede aguzar un recuerdo después de que se haya producido cierto olvido. De esta manera, la memoria es como un músculo: una pequeña «ruptura» le permite acrecentar su fuerza.

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«Uno no entiende de verdad una cosa hasta que tiene que enseñarla».

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El mero hecho de que haya subrayado algo o lo haya reescrito, digitalmente o en papel, no quiere decir que su cerebro haya registrado ese material con más intensidad. Estudiar los apuntes subrayados e intentar escribirlo de nuevo sin mirar hace que la memoria trabaje más y es un enfoque mucho más eficaz al repaso. Encima tiene otro beneficio añadido: también le señala inmediatamente lo que no sabe y tiene que volver a repasar.

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